domingo, 3 de enero de 2016

Las historias de las víctimas de los ataques en París


La sencilla historia de las víctimas de los atentados de París, del 13 de noviembre de 2015, expresando sueños e historias que quedaron truncadas por la brutalidad del fanatismo religioso. El diario "Le Monde" ha ido reconstruyendo esas historias de humanidad, que pueden ser conocidas en el link: http://www.lemonde.fr/attaques-a-paris/visuel/2015/11/25/enmemoire_4817200_4809495.html

Libro del V Congreso de AILP


Una completa información sobre el V Congreso de la Asociación Internacional de Libre Pensamiento, efectuado en Montevideo, Uruguay, en septiembre de 2015, contiene el libro digital editado por los organizadores del evento.
La edición contiene información sobre  las organizaciones adherentes y participantes, el desarrollo del Congreso, las conferencias Magistrales, los paneles (Situación en diversos países y regiones, Análisis de temáticas afines al librepensamiento, Panel Internacional sobre actualidad y futuro del libre pensamiento), las Resoluciones del Vº Congreso de la AILP, Acto final de Cierre, Mensajes de Saludos, y el Homenaje al Día Internacional del Librepensamiento.
De la misma forma, aporta el Informe de Gestión del vocero para Amperica del Sur, Antonio Vergara Lira, y la Declaración de principios de la Asociación Uruguaya de Libres Pensadores.
El libro puede ser descargado desde la página en español de la AILP en el link
http://static.internationalfreethought.org/pdf/2015_09_montevideo/libro_v_congreso_ailp_montevideo_es.pdf

Tributo a un político laico

Una importante ceremonia cívica se llevó a cabo en el Teatro Municipal de Temuco,  en noviembre de 2015, el cual, desde entonces, recibe el nombre de Teatro Municipal Camilo Salvo Inostroza, en honor al ex alcalde (1990-1992) y quien fue el gestor de la iniciativa que puso en marcha el trabajo del principal centro cultural del sur de Chile.
El sueño de contar con un Teatro Municipal toma forma a partir del año 1990, cuando en el período final de su mandato, el alcalde Camilo Salvo Inostroza, convocó a un Concurso Nacional para el diseño y construcción de un Complejo Deportivo Cultural en el recinto del Parque Estadio, ubicado en el sector poniente de la ciudad.
Las obras comenzaron a ejecutarse en las postrimerías de 1992, debiendo enfrentar múltiples desafíos, entre ellos la crítica de la ciudadanía local, que veía con desesperanza la demora en la terminación de las obras. Ello llegó a su fin en 1998, con la inauguración del Teatro, durante la gestión del alcalde René Saffirio, con la puesta en escena inaugural de la obra Carmina Burana, de Carl Orff, interpretada por el Coro y la Orquesta Sinfónica de Chile, abriendo un significativo espacio para la proyección de los artistas regionales, nacionales e internacionales, quienes han enriquecido la trayectoria del principal escenario de la región por 17 años.
Un Decreto Alcaldicio N° 3343 de fecha 13 de octubre de 2015,  oficializó el nombramiento del Teatro Municipal de Temuco Camilo Salvo Inostroza, poniendo un ejecución un acuerdo unánime del Consejo Municipal, conformado por las distintas corrientes políticas presentes en esa instancia.
El ex alcalde y abogado, Camilo Salvo, ha sido un destacado hombre público y expresión de la política laica chilena durante toda su vida política. Nació en la ciudad de Traiguén el 27 de septiembre de 1935, desempeñándose como diputado por la Vigésima Agrupación Departamental Angol, Collipulli, Traiguén, Victoria y Curacautín, entre los años 1969 y 1973; siendo elegido para segundo periodo por igual Agrupación Departamental en 1973.
Al producirse  el golpe militar de ese año, es confinado a Isla Dawson, junto a diversos dirigentes del gobierno del Presidente Allende. Luego lo trasladan a Las Melosas, Ritoque, Puchuncaví, Ritoque y Tres Alamos, para salir posteriormente al exilio, expulsado a Suecia. En España se convertirá en un destacado abogado y dirigente de Chile Democrático en el exilio. Regresa a Chile en 1985, a la Araucanía, donde se compromete en los esfuerzos para la redemocratización del país. Así, al iniciarse la transición hacia la democracia, el Presidente Aylwin lo nombra Alcalde de Temuco, mientras se elaboraba la ley de elección democrática de municipalidades.
En la ocasión, el alcalde Miguel Becker, destacó la importancia de reconocer en vida, como su padre pudo recibir el honor de que el estadio de la ciudad llevara su nombre, esta vez a quien tuvo la visión de iniciar la construcción del Teatro Municipal y quien además aportó como servidor público en Temuco por muchos años. “Estamos celebrando a una persona en vida y eso nos llena de orgullo. Todos aportamos a construir la comuna que queremos para el futuro y en ese sentido, nadie está excluido y eso es lo que ocurrió en el pasado y hoy lo reconocemos de esta forma
Camilo Salvo destacó el gesto republicano que tuvo con su persona el alcalde Miguel Becker junto al cuerpo de concejales, agregando el sentido de lo republicano presente en la tradición ateniense y en el hito dejado por O´Higgins al abolir todos los títulos de nobleza, poniendo acento en que todos somos ciudadanos y miembros de la comunidad: “La humildad no se contrapone con el orgullo, en el sentido de sentirme orgulloso de haber contribuido al desarrollo de las artes y la cultura, pero uno tiene que entender que la humildad es un sentido y una virtud, de la cual no nos debe volver loco ni la riqueza, ni los honores, ni los éxitos. Somos integrantes de una comunidad y por tanto al recibir un título de esta naturaleza, uno tiene que proceder con tranquilidad y con humildad para los efectos que la gente siempre sienta que somos todos iguales”.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Revista Iniciativa Laicista 21

Disponible, en forma gratuita, se encuentra la edición de septiembre 2015 de la revista digital Iniciativa Laicista.
Sus temas son: Una amplia reseña y testimonio del medico René Martínez Barros, declarado Hijo Ilustre de San Felipe, personalidad laica de la ciudad capital de Aconcagua. El doctor Fernando Muñoz explica los alcances de la vacunación en Chile contra el virus del papiloma humano. El dirigente estudiantil y director de la Fundación Nodo XXI responde a las preguntas de Iniciativa Laicista. Dos temas sobre el sindicalismo chileno son enfocados por Claudia Hasbun y Sergio Rozas. Sylvie R. Moulin opina sobre el debate sobre la legalización de la marihuana, y coopera en informar sobre el debate francés sobre las escuelas de la República, a propósito de las propuestas del partido "Los Republicanos". También se reproduce un artículo del pensador español Andrés Carmona Campos, que diferencia entre los conceptos de laicismo y secularismo.
Por último, se reproducen los discursos en la ceremonia de reconocimiento de la AILP al director de la revista.

sábado, 19 de septiembre de 2015

La crisis institucional y la necesidad de una nueva Constitución



Gonzalo Herrera


Debatir sobre una nueva Constitución abre la oportunidad de acercar distintas formas de pensamiento —representando la diversidad de nuestra sociedad— en torno a valores y principios ético-democráticos, que dejen atrás la vieja obsesión de mantener enclaves de poder en la carta fundamental. Lo primero que se podría esperar de una nueva Constitución sería que permitiera un sistema político más democrático y representativo, con mayor transparencia y participación ciudadana.
Una inmensa mayoría concordará también que una nueva normativa constitucional debe definir, proteger y garantizar derechos fundamentales, tanto individuales como colectivos. Nos referimos a los derechos civiles y políticos clásicos, inherentes a la tradición institucional republicana interrumpida en 1973 y persistentemente violados durante el periodo autoritario, así como a la demanda de nuevos derechos que surgen en la sociedad moderna, de carácter económicos, sociales y culturales, derechos que emanan de la conciencia de dignidad y solidaridad humana para contrarrestar la desigualdad social y la deficiente distribución de la riqueza.
De esa manera, un debate sobre una nueva Constitución debe dirimir en primer lugar una disyuntiva ética fundamental: si queremos una sociedad estructurada en la búsqueda del bienestar individual o una sociedad solidaria. Nuestra visión laicista de sociedad es clara: abierta, democrática, fraternal, respetuosa de los derechos humanos, con una real separación entre lo político y lo religioso, con libertad de conciencia y plena vigencia del principio de igualdad moral entre las personas, lo que significa que la idea de bien de un individuo no puede ser considerada superior al concepto de bien de cualquier otro.
Los valores laicos se expresan también en la plena vigencia de la ciudadanía y la soberanía popular, vale decir en la legitimidad del Estado que proviene de la voluntad ciudadana y del respeto a los valores democráticos, y no de una concepción política influida por preceptos religiosos que limitan severamente la autonomía del poder público. Sólo así se podrán garantizar la igualdad y la universalidad de los derechos.
Una sociedad con estas características sólo puede ser regulada por un Estado laico, que separe nítidamente la esfera pública de toda religión, garantizando a todos los ciudadanos la libertad de conciencia y la autonomía de la voluntad humana. Sólo la libertad de conciencia, que permite la libertad de creer o no creer en una divinidad, en una concepción filosófica o en una ideología política, posibilita a los seres humanos desarrollar un tipo de sociedad con un espacio público abierto a los intereses comunes, borrando las fronteras que dividen los diferentes particularismos.
Así, toda democracia moderna se fundamenta en una Constitución liberada de la influencia o hegemonía de cualquier religión — y de las respectivas iglesias —, de modo que el Estado pueda representar efectivamente el interés común del laos y no intereses o visiones particulares de algún, o sólo algunos, de sus sectores.
En cualquier caso, la restricción a la acción de las distintas confesiones debe entenderse sólo en la esfera pública, en el ámbito del Estado, no en el  espacio público, que pertenece a todos — en el que no cabe ningún intento de apropiación particular —, donde gozan de la mayor libertad para practicar sus cultos y difundir su enseñanza. El Estado, sin embargo, debe mantenerse neutral frente a todas las ideologías confesionales, garantizando la tolerancia religiosa tanto como el respeto a quienes se declaran no creyentes, protegiendo de esa manera la igualdad y la pluralidad en la sociedad.
No obstante, el principio de laicidad no se agota en la relación entre el Estado y las iglesias. La doctrina neoliberal ha intentado implantar una nueva religión en el mundo globalizado. Aceptado con características de dogma por las derechas políticas más conservadoras, pretende constituirse en “doctrina única” en la mayor parte de occidente, imponiendo su discurso dominante como un nuevo decálogo, basado en las leyes del mercado, mediante el cual se pone bajo sospecha toda forma de conciencia colectiva y de identidad social, abriendo paso al individualismo y a una enajenante identificación con el modelo.
Los Estados que han alcanzado una mayor afinidad con la visión neoliberal y que se rindieron a las exigencias del capital globalizado, han resignado su capacidad para discutir democráticamente sus propias estrategias de desarrollo y caen inermes ante la presión de los inversionistas, perdiendo así el control de la economía, principalmente en lo que se refiere a crecimiento y empleo, sin ahondar en la contingencia de corrupción. Todo esto constituye una inaceptable obstrucción al ejercicio de la soberanía popular en el plano económico.
Como hemos podido comprobar en nuestro país, una pequeña oligarquía concentra tales cuotas de poder que puede llegar a alterar el ritmo de la economía, extorsionando al propio gobierno y al mundo político en general, haciendo muchas veces estériles los esfuerzos  — nos referimos a quienes leal y consecuentemente han tratado de lograrlo — por llevar a cabo reformas y transformaciones en pos de un ideal igualitario.
Los principios y valores de la laicidad son totalmente incompatibles con este modelo de sociedad.  
Si nos atenemos al concepto de soberanía radicada en el pueblo, siendo éste el que delega sus facultades en el Estado, a la libertad de conciencia, a la igualdad — con un contenido proactivo que es mucho más que luchar contra la desigualdad —, y a la tolerancia — no en su acepción de “soportar”, sino  de aceptar y apreciar la diversidad —, podremos aspirar a que la laicidad que promueve el laicismo pueda constituirse en un importante factor de progreso, para avanzar hacia un tipo de sociedad integrada, que haga posible la coexistencia plural y pacífica compartiendo los valores ciudadanos. Ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes, alejarán el riesgo de la violencia o el conflicto propios de sociedades atravesadas por diferencias antagónicas, ya sean étnicas o de clases sociales, o donde los derechos de las minorías son persistentemente conculcados.

Laicidad y secularización

El Estado laico que no fue, a pesar de que la Constitución de 1925 proclamara la separación de la Iglesia Católica del Estado, aunque sin mencionar la palabra laicidad y sin que se lograra avanzar en términos institucionales concretos para secularizar la sociedad, debería ser expresamente definido ahora, en una nueva carta fundamental. El resultado de aquella indeterminación ha permitido que la Iglesia haya mantenido su hegemonía moral sobre la sociedad — generando la percepción de gozar de un estatus diferenciado, entre otros aspectos con la llamativa presencia de cardenales y obispos en actos oficiales —, interviniendo abiertamente en el ejercicio del poder y en el desenvolvimiento de las funciones públicas, procurando imponer sus puntos de vista inspirados en su dogma particular a toda la sociedad, sin consideración alguna por el derecho a la libertad de conciencia de las personas.
De esa manera, en su afán de prevalecer sobre el Estado, continúa entrometiéndose también en la discusión institucional y democrática de las leyes, mostrándose dispuesta a enfrentar a cualquier gobierno que se proponga destrabar criterios morales anacrónicos y autoritarios, apelando a la “verdad moral” con el solo argumento de exigencias sobrenaturales.
Lamentable, desde la óptica de un Estado que ha proclamado constitucionalmente la separación con la Iglesia, fue que en la reciente visita que realizara la presidenta Bachelet al Papa, se haya comprometido con el pontífice a que la Iglesia como tal tendría participación en el anunciado debate constitucional. Un comunicado del propio Vaticano hizo público también que en la visita se analizaron temas de interés común, como “la salvaguardia de la vida humana, la educación y la paz social”.
El comunicado de prensa agregaba además que “en ese contexto, se ha reafirmado el papel de las instituciones católicas en la sociedad chilena y su contribución positiva…”. No cabe duda que este acontecimiento constituye una señal de alarma, en cuanto trasluce una feble convicción laica de parte de la primera mandataria, dispuesta al parecer a hacer concesiones en este punto estratégico ante un eventual debate constitucional, en que una de las posiciones más trascendentales será precisamente la defensa de un ordenamiento jurídico de carácter aconfesional para nuestro país.
Desde nuestra perspectiva, la Iglesia, en cuanto institución, no tiene derecho a participar en el debate constitucional, salvo que lo haga representada por personas en calidad de ciudadanos, expresándose con un lenguaje civil, en base a la razón y no sobre argumentos sustentados en convicciones meramente religiosas. Tampoco cabrían en un debate constituyente grupos u organizaciones que sustentaran postulados fundamentalistas o integristas, opuestos al principio esencial de libertad de conciencia.
El proceso de secularización que se ha venido desarrollando en los últimos años, no sólo en Chile sino en buena parte de Occidente, queda de manifiesto no sólo en la reducida asistencia de fieles a los templos — católicos fundamentalmente — y en el desplome de la confianza de los chilenos en la Iglesia Católica, sino también en la baja incorporación de jóvenes a los seminarios de formación sacerdotal, en el creciente número de religiosos que dejan sus hábitos, en el progresivo abandono de la educación católica en los sectores más pobres, concentrándose en colegios de alto costo para hijos de familias adineradas, en el rechazo que manifiestan comunidades y distintos sectores de la sociedad civil a la pertinaz presencia de las iglesias en la cosa pública, obstruyendo la tramitación de leyes de alta significación para una sociedad que anhela ser más tolerante.
Por lo tanto, una nueva Constitución debería recoger esta mirada actual sobre la posición que  hoy ocupan las iglesias, cada una como una institución más, respetable como todas las que portan enseñanzas morales, pero ninguna como titular de un reconocimiento privilegiado.
Esta visión laica en la nueva Constitución debería ser además suficientemente explícita, para evitar el abuso semántico en que se incurrió durante la tramitación de la reciente reforma educacional, interpretando el término laico como un concepto de cooperación con todas las confesiones por igual, y no en su real significado de prescindencia de lo religioso en los asuntos del Estado. Aun en la actualidad, si en vez de la asignatura de religión la educación pública entregara una visión comparada de las religiones, y enseñara que la moral religiosa no es superior a la moral laica, se estaría dando un importante paso en aspectos de pluralidad, tolerancia y antidogmatismo.

En la Constitución de 1980, con sus posteriores modificaciones, se garantiza la libertad de conciencia, el derecho a manifestar toda creencia y el libre culto, omitiendo sin embargo garantías explícitas para quienes intentan construir una concepción de bien al margen de una perspectiva teológica, es decir, no considera el derecho a “creer o no creer” en una divinidad, a no profesar religión o a no pertenecer a alguna iglesia, salvo la tácita garantía que otorga la libertad de conciencia. Una Constitución que considere los valores laicos debe reconocer expresamente la libertad referida a ateos, agnósticos, escépticos o indiferentes, para llegar a establecer un verdadero pluralismo.

Nueva Constitución y la oportunidad de un verdadero Estado laico






Marcela Sandoval Osorio


“Una constitución es una decisión fundamental sobre la identidad y forma de existencia de una unidad política, es decir, la que hace posible 
que una comunidad política sea un agente político”.  (Fernando Atria.
La Constitución tramposa”. 2013)

Recientemente en un foro sobre “nueva Constitución” una persona del público  preguntaba cómo explicar la importancia de este debate a quienes sus rutinas cotidianas los dejan fuera de conversaciones como ésta. En el fondo se preguntaba cómo hacer que este tema, aparentemente crucial en la vida de un país, llegara también al diario vivir.
Las respuestas pueden ser variadas respecto al cómo, es decir, a las estrategias que se pueden promover para acercar este debate, sin embargo, hay un argumento poderoso que debiera primar: la Constitución actual tiene reglas que impiden el goce de nuestros derechos humanos y ese solo hecho impacta el diario vivir. Ejemplos pueden ser variados; desde cuestiones como la desprotección en la seguridad social a demandas más complejas como el no reconocimiento de grupos discriminados.
A pesar de las reformas realizadas desde los 90` en adelante, que han corregido cuestiones muy relevantes como el reconocimiento de la igualdad ante la ley entre hombres y mujeres, la Constitución de 1980 es un texto normativo que contiene trabas para el ejercicio democrático.
Recién este año se ha logrado cambiar el sistema electoral binominal por uno proporcional inclusivo, con el que se aspira a fortalecer la representatividad del Congreso Nacional. Por décadas hemos presenciado un debate político situado en dos grandes conglomerados y cuyos consensos han establecido para el país un estancamiento en aquellos temas que pueden poner en disputa los principios que fundan la Constitución de 1980.
Hay temas que tienen que ver con la concepción misma de un Estado laico sobre los que no se ha avanzado. La resistencia es evidente. Es un terreno que pone en disputa ideas sobre qué tipo de Estado es el que quieren distintos sectores del país para el Chile de hoy y su futuro cercano.  
En la revisión que hace Bernardo Subercaseaux en su “Historia de las ideas y de la cultura chilena” esta tesis se confirma absolutamente; los grupos poderosos han sido quienes han resguardado el “orden social” bajo consensos que no necesariamente han interpretado las demandas del pueblo.
Por momentos de nuestra historia el pueblo ha emergido como un actor relevante que pone en cuestionamiento a quienes gobiernan. Esto es cíclico. La ciudadanía se organiza, demanda y el Estado reacciona.
En efecto, quienes gobiernan generan mecanismos para resguardar el Estado de derecho, sin embargo hay un rasgo que se ha ido revelando con fuerza en el último tiempo: el déficit democrático que tiene una raíz profunda en las distintas fuentes de desigualdad. Precisamente la desigualdad y el déficit democrático son dos temas clave que se desprenden de la Constitución del 80`, de sus intentos por reformarla y de los consensos con los que hemos convivido post dictadura.      

Proceso constituyente

Durante décadas hemos convivido con una democracia restringida, no solo por sus reglas, también por las prácticas políticas que han perpetuado un modelo donde unos pocos detentan el poder político y económico y definen el carácter de la convivencia democrática.
La discusión actual sobre un cambio constitucional es lo suficientemente mayoritaria como para eludirla a nivel institucional. La Presidenta Michelle Bachelet ha señalado que el proceso constituyente, que se iniciaría en septiembre, debe ser institucional, democrático y participativo. Sin embargo no se ha definido aún el mecanismo ni la ruta de dicho proceso.
Lo que hay en común en varias iniciativas ciudadanas y de movimientos políticos sobre un cambio constitucional, es la aspiración por una “república democrática y representativa” y donde los cambios vengan efectivamente de procesos participativos.
En este contexto se ha venido construyendo en el espacio público una idea genérica acerca de una forma distinta de concebir el Estado y sus reglas; una forma que emane verdaderamente de la voluntad del pueblo soberano, pero sobre todo una forma que se sustente en principios muy distintos de los que se fundamenta la actual Constitución, por ejemplo, en el principio de igualdad y no discriminación. 
Un plebiscito debiera ser convocado para que los y las ciudadanas decidan cuál es el mecanismo que les parece más adecuado para elaborar el texto constitucional. Dado el carácter plural de su conformación, una Asamblea Nacional Constituyente puede dar garantías de que una ciudadanía diversa participe y se pronuncie sobre los contenidos de una nueva  Constitución; solo así podremos hablar verdaderamente de un “proceso institucional, democrático y participativo”. 

Nuevas reglas y Estado laico

Así como la definición del mecanismo es crucial en un proceso constituyente también lo es el debate respecto a los contenidos. Una de las restricciones que ha tenido nuestra democracia es el poder fáctico de las iglesias. Quizás llamar a Chile una “república democrática” y no hablar directamente de un Estado laico ha dificultado avanzar en el reconocimiento de derechos que ponen en jaque precisamente la visión de determinadas creencias.
Ciertamente es un terreno en disputa la igualdad de derechos para grupos históricamente discriminados como las mujeres o las diversidades sexuales. Lo es actualmente la discusión por la despenalización del aborto y futuramente lo será la aspiración por el matrimonio igualitario. Estos temas que tensionan a sectores conservadores, no pueden ser objeto de cerrojos por parte de un Estado que es laico en su esencia. Superar estas disputas sin duda va más allá de la declaración expresa de ser parte de un Estado laico, no obstante una definición constitucional sobre Chile como “Estado laico y democrático” puede contribuir a despejar el tipo de Estado al que aspiramos. 
La profundización de la democracia en nuestro país debe apuntar no solo a cambios institucionales, también al fortalecimiento ciudadano. Hoy unos de los desafíos en la política pública es sin duda la educación en derechos humanos y la formación ciudadana. La democracia se fortalece si hay una ciudadanía que participa en las grandes decisiones, es capaz de articularse y formular demandas para la protección de sus derechos y libertades.
El derecho a voto es apenas una expresión concreta de la ciudadanía, pero una de las expresiones más contundentes del comportamiento democrático. La formación ciudadana debe poner el acento en todas aquellas expresiones en las que la ciudadanía puede expresarse y en ese plano el derecho a voto cobra aún más sentido.
Un Estado laico definido en la nueva Constitución debiera contribuir a educar en valores democráticos como el respeto por la diversidad. Este camino puede permitir a las nuevas generaciones trabajar con la memoria del país y de esta manera ir rompiendo las trabas simbólicas y estructurales que institucionalmente nos heredó la dictadura y que nuestro sistema democrático aún no ha logrado derribar.


lunes, 24 de agosto de 2015

Edición extraordinaria de revista Iniciativa Laicista


Alejandra Sandoval
Coordinadora Editorial


Cuatro meses han pasado ya desde que el 21 de mayo, la Presidenta de la República anunciara al país el inicio de un proceso constituyente a partir de septiembre. Desde entonces – en rigor desde mucho antes, pero sin el efecto mediático actual – hemos asistido y participado de un incipiente debate, en torno al futuro constitucional que nos espera.
Una nueva Constitución es un pacto social fundado en  acuerdos políticos y sociales en la perspectiva del interés común, de tal manera que debemos aspirar a que contenga acuerdos estables y representativos de la voluntad popular.
Muchos han sido los que han abordado el análisis en torno a este desafío, donde cabe distinguir a los rigoristas-procedimentales, quienes – con matices – concentran la discusión en torno a la inviabilidad de alternativas distintas a la Asamblea Constituyente, y los esperanzados, quienes conscientes de la necesidad de sustituir o reformar profundamente la actual Carta Constitucional, asignan la prioridad en el fondo, más que en la forma.
Lo cierto es que, afortunadamente, el debate ya se encuentra instalado, y no existe en el espectro social una voz sinceramente convencida de lo contrario. Si bien es cierto que como instrumento jurídico la actual Carta funciona aún, y podría seguir funcionando, cierto es también que esta, como expresión del pacto social, ya no responde a las necesidades que plantea el Chile contemporáneo.
Demostración de aquello – sin entrar en el prolongado debate sobre su legitimidad en cuanto al pacto social que debería subyacer – resulta ser el enorme trabajo de ajustes y reformas, más y/o menos profundas que desde 1989 se le han aplicado, sin que satisfaga a la mayoría del país.
Para septiembre queda poco, y aunque han mediado ya anuncios que advierten sobre la excesiva duración del proceso, lo imperioso es comenzar cuanto antes. Lo primordial es dar por iniciada, formal e institucionalmente, una discusión y un proceso que ya no puede seguir esperando. Desarrollar el debate es una necesidad social indispensable para seguir avanzando en la construcción de un Chile más justo, efectivamente laico en su institucionalidad política, y más democrático.
Instalar en la agenda de desarrollo la formulación de una Nueva Constitución, fruto de un pacto social, es una verdadera necesidad, sobre todo cuando hay grandes desafíos en la agenda país que no pueden enfrentarse sin el concepto ordenador que corresponde a una Carta Magna pensada para la democracia.
Como una contribución al debate que deberá darse en el país, revista Iniciativa Laicista ha pedido a distintas personas que reconocen la importancia de la laicidad en las instituciones del Estado, y que tienen un irrenunciable compromiso democrático, además de una manifiesta adhesión a la profundización de los derechos humanos, para que entreguen su reflexión sobre el proceso constituyente y  los objetivos esperados en una nueva Carta Magna, planteamientos que ponemos a disposición de nuestros lectores en www.iniciativalaicista.cl.